Nürburgring 1969 - Marthon de la Route
Publicado: 04 Jul 2007, 15:26
En 1969, uno de los periodistas -uno de los más destacados periodistas del automovilismo argentino- hizo un libro muy particular. Consistía en una serie de reportajes, o casi reportajes que les fue haciendo a los miembros de la Misión Argentina, y a otros que sin ser miembros tuvieron mucho que ver en el asunto. El hombre en cuestión se llamaba Miguel Ángel Barrau, y el libro se titula "84 horas de Nürburgring - Misión Argentina".
Les propongo, ir transcribiendo cada uno de los capítulos -uno por día- para revivir la épica de un momento único en el deporte motor argentino.
!Se viene la primera (intro y primer capítulo)!
Espero que lo disfruten tanto como yo.
Pablo.
* * * * * * *
Colección
SUCESOS DEPORTIVOS
*
Editorial SUCESO S.R.L.
La editora del libro periodístico
Alsina 971 – 4º Piso – Buenos Aires
84 Horas en el
deporte motor
MISIÓN ARGENTINA
Por sus actores, tal como fuera relatado a MIGUEL ANGEL BARRAU
Y la especial colaboración de los periodistas:
Roberto Carozzo, Miguel Angel Merlo,
José T. Oneto y Alfredo Parga.
Asistentes Editoriales:
Carlos Agustín y Santiago Hileret.
“Y porque todos somos argentinos, es que toda nuestra fé, todo nuestro entusiasmo, se concentra en los colores de nuestra bandera y en estas palabras: INDUSTRIA ARGEN-TINA, que como única insignia lucen esos coches que llevan a Europa nuestra gran esperanza.”
Juan Manuel Fangio
Instituciones y empresas que
hicieron posible la MISIÓN ARGENTINA:
Secretaría General de la Presidencia de la Nación, Secretaría de Estado de Difusión y Turismo, Aerolíneas Argentinas, Banco Municipal de la Ciudad de Buenos Aires, Bardahl, Bosch, “Cla-rín”, “El Gráfico”, ELMA, Fric-Rot, Hoesch Argentina, Ika Re-nault, Ruedas Argentinas, “La Razón”, Transax, Wobron e YPF.
MISIÓN ARGENTINA
Director de equipo: Juan Manuel Fangio
Asesor de Relaciones Públicas: Tibor Teleki
Coordinador General: Carlos Lobbosco
Jefe Técnico: Oreste Berta
Médico: doctor Lino de las Heras
Pilotos: señores Copello, Cupeiro, Di Palma, Fangio, Franco, Galbato, García Veiga, Rodríguez Canedo, Rodríguez Larreta y Perkins.
Mecánicos: señores Andreu, Batelli, Casarín, Comari, Cordero, Diez, Giacone, Huerta, Macagno, Sainz, San Feliú, Zadaglia y Zurita.
EN LA MISIÓN
DE UNA SOLA BANDERA
Los habíamos visto convivir, unidos, muchas vicisitudes del automovilismo argentino. Sin embargo, nunca habían trabajado —todos juntos— al servicio de una misma transmisión. Las competencias de Turismo Carretera, en las rutas, y más tarde las de Sport Prototipos, en los au-tódromos, vieron sumar nombres, siglas y slogans al conjunto de elementos, personas y circunstancias que hacen una carrera.
Así fue como “Carburando”, “Vértigo”, “Emoción en las Rutas”, “D’Agostino Deportes”, “Motor y Camino”, “Im-pactos Deportivos”, “Automovilismo en Órbita” y todas las organizaciones en las que se desarrollan su labor los periodistas radiales de automovilismo, afiliados a A.P.R.A., fueron y son —en gran medida— importante medio para que el automovilismo argentino alcanzara el nivel de difusión que disfruta.
A.P.R.A. también estuvo presente en la Misión Argentina. Como una familia, con un cometido. Hubo quienes viajaron a Alemania y también quienes debieron permanecer en Buenos Aires. Unos y otros, y el país entero —porque el país entero fue audiencia— estuvieron comunicados mediante una sola onda, Radio El Mundo, y una sigla, A.P.R.A.
Y entonces Alberto Hugo Cando, de “Vértigo”, compartió el micrófono con Isidro González Longhi, de “Carburan-do” y en la común labor y onda se alternaron las voces de José Ayi, de “Motor y Camino”, la de Eduardo Pérez Trigás, de “Emoción en las Rutas”, a las que se sumaron su experiencia y profesión de Luis Elías Sojit y Eduardo Emilio D’Agostino, y su idoneidad para la tarea de Luis López Castagnous, Osvaldo Ochoa y Rolando García. Y los profesionales de Córdoba se sumaron a los de Buenos Aires, y todos recibieron el indiscutido aporte del perio-dismo de Mendoza, Bahía Blanca y San Juan. Y todos, que muchas vicisitudes del automovilismo argentino ha-bían convivido, trabajaron —esta vez juntos— en la misión de una sola bandera.
NÓMINA DE LOS INTEGRANTES DE A.P.R.A. QUE INTERVI-NIERON EN BUENOS AIRES EN LA TRANSMISIÓN RADIAL DE “LA MARATÓN DE LA RUTA”
Carlos Horacio Alfonso – Julián Osvaldo Aguilar – Antonio Ba-rrio – Carlos Héctor Bodratti – Pedro Juan Begue – Julio Cottini – Hugo Néstor Casucho – Néstor Jorge Carbia – Oscar Enrique De Rosa – Roberto Víctor Drab – Alfredo Luis Diéguez – Jorge Drago – Roberto Eguía – Oscar Héctor Frutos – Juan Alberto Fa-va – Roberto Atilio Fossati – Toni Ferrando – Eduardo Jorge González Rouco – Omar Gualberto Gabrieli – Alberto Francia Gagliardi – José Goldszmid – Pedro Heredia – Alberto Oscar Juárez – Eduardo Lenczner – Luis Humberto Leoni – Carlos Al-berto Legnani – José Humberto Longo – Enrique Antonio Moltoni – Armando Héctor Navone – Leo Roy – Alberto Eduardo Romero – Isidro Sojit – José Maria Safra – Julio César Ubiría – Emilio Alberto Vencelblat – Jacinto Zaragozi – Carlos Luis Giri – Máximo J. Kolble.
NÓMINA DE LOS INTEGRANTES DE A.P.R.A. QUE VIAJARON A NÜRBURGRING PARA LA “MARATÓN DE LA RUTA”
José Ayi – Miguel Angel Barrau – Alberto Hugo Cando – Eduar-do Emilio D’Agostino – Rolando García – Isidro González Longhi – Luis Enrique López Castagnous – Osvaldo José Ochoa – Eduardo Pérez Trigás – Jorge Rocher – Luis Elías Sojit – Roberto Oscar Bo – José Antonio Calabrese – Luis Garcia del Soto – Anselmo Nicolás Lamarque – Guillermo Julio Macchione – Norber-to Darío Rinaldi – Carlos Alberto Rodríguez.
A todos.
A quienes ejercitaron la virtud de encontrar, en el proyecto, una simiente.
A quienes supieron regarla con su aliento.
A aquellos que, en un comienzo, sólo se animaron a dialogar en voz baja con la idea, como si toda exteriorización —más allá del susurro— hubiera podido encarnar la personificación de una insolencia.
A quienes supieron asumir la responsabilidad y no intimidó el riesgo.
A los orígenes del apoyo y a las fuentes del esfuerzo.
A cuantos dejaron de lado compromisos e intereses para sumarse, en aporte y prestigio, a la calidez de una esperanza.
M.A.B.
INTRODUCCIÓN
Durante el viaje de regreso fui poca compañía para un ocasional acompañante. Acabábamos de dejar la alegre camaradería que caracterizó el homenaje que, en el Club Y.P.F., se había llevado a cabo en honor de los integrantes de la Misión Argentina, cuando una muy pequeña mariposa, inquieta como pocas, dio en revolotear por las circunvalaciones de mi cerebro. Me arrellané en el asiento del automóvil mientras otorgaba al etéreo, alado animalejo, la oportunidad de transformarse en idea.
Atrás quedó el Tiro Federal Argentino, atrás el monumental River Plate.
Y mojaba mi cabeza la lluvia y las gotas resbalaban sobre los cristales de mis lentes, mientras los ojos se esforzaban por perforar la noche y se aguzaba el oído, pretendiendo extraer del conjunto, el familiar, inconfundible tono de un escape. Miré mi reloj. No porque me preocupara la hora. Fruto de un hábito que se iniciara al lado de mi padre, cuando durante las veladas de gala del Teatro Colón, en las fechas patrias, medía el tiempo en el que los aplausos saludaban al Presidente de la Nación, mi cronógrafo había registrado, en minutos y segundos de exteriorización, el respeto y el cariño que en esa noche y en ese lugar, Juan Manuel Fangio supo le pertenecían.
Y el viento arremolinaba las gotas de lluvia y los charcos parecían cobrar vida al pretender despegar del suelo. Y el aplauso surgió cálido, espontáneo. La piel levantada por las ampollas tomó forma. Y los ojos, asombrados, buscaron el origen del que aún era eco en los muros y calor en las palmas. Y el eco y el calor se prolongaron en frases latinas y sajonas. Y la tonadas cordobesa agradeció, sin haber entendido las palabras, el universal cumplido del aplauso.
Palermo se abre como un oasis, en un bosque de cemento. La recta que transitamos vio a los grandes del volante caer vencidos, en una tarde también de lluvia, cuando el nombre de Oscar Alfredo Gálvez llegó a los titulares de las grandes rotativas del mundo. Y también llovía en Silverstone, como llovió en Le Mans, cuando José Froilán González vio los brazos del deporte ceñirse a su cuello con forma y color de laurel.
Pero todos los esfuerzos son vanos, y el auto sigue inmóvil. Un montículo de tierra lo mantiene calzado. Sorpresa, trabajo, nervio, impotencia. El auto, que está intacto, no se desplaza. En el reloj de Jorge Cupeiro avanzan escuadrones de sesenta segundos que galopan y galopan, hasta formar regimientos de fatales minutos. Y entonces, del brazo con su amargura, inicia un camino que es ahora distinto. Más largo. Muy largo. Rumbo a los boxes. A casa.
Me estiro en la poltrona preferida y enciendo el infaltable cigarrillo. La mariposa ha cumplido su metamorfosis. Ya es una idea. Cuando la domino y encasillo, me doy cuenta que es una idea vieja, sobre una cosa nueva.
Porque este libro vivía latente, en un pliegue de mi conciencia.
Y la palabra justa, medida, cayó sobre nosotros como el milagro de un regreso a la verdad. Y sentimos que la desazón se volvía contento. Y lograron sonreir uno y otro auto, mientras el tercero volvía a dibujar la perdida sonrisa en todos los rostros. Y Jorge, Gastón y Canedo, y Luis, Carmelo y Cacho siguieron conduciendo, al lado de Eduardo, Larry y Franco, el Torino Nº 3.
Sí. Este libro vivía latente en un pliegue de mi conciencia donde también han hallado, contra pesimismos y derrotistas, albergue y refugio dos palabras hermanas, jóvenes, capaces de mantener su frescura a lo largo del tiempo: fue así que la esperanza del regreso de nuestro automovilismo a las lides internacionales convivió, en ese pliegue, con la ilusión de llegar a ser testigo del futuro.
El camino se enrula en el capricho de la topografía. Las curvas y contracurvas e suceden como si entre la naturaleza e ingenio hubieran descubierto, en décadas pasadas, como incorporar el ritmo de los Beatles al anillo rutero que encierra al castillo de Nur. Palo y palo. Cuatro-dos a cuatro-cuatro. Trepada y descenso. Doblaba con la puerta. ¡Yo no dije eso a Gastón! A ver... Traigan un auto que termino con la farsa del circuito alemán. Curva y contracurva. Cuiden los frenos, usen poco la caja. La carrera es larga. Nos miran y se ríen. ¡Ni siquiera creen que podamos competir! ¿A qué van a Alemania? ¿A pasar papelones? Lluvia y niebla. Nosotros hemos venido a aprender. ¿Vos creés que podremos ganar? Curva y contracurva. Trepada y descenso. Lluvia y niebla.
Y la incomprensión fue piedra y el conformismo, bache y el interés creado, valla. Fuimos exquisitos. Y extranjerizantes. La medianoche ya es tres cigarrillos más vieja. ¿Dónde está mi máquina de escribir? La inteligencia nunca fue objeto de control en las aduanas de frontera, ni han pagado derecho de importación el ingenio o el talento. ¿Qué persigo? No es posible que sólo miren. Quiero que vean. Tenemos calidad. Humana. Industrial. Vivamos despiertos, en la realidad. Así, desherrojados de las cadenas que les imponían volar; así, desatados del complejo que los inclinaba a mirar al extranjero como si éste fuera estatua y nosotros escalones, así, quizá coincidan entonces conmigo en que este libro también vivía, latente, en un pliegue de la conciencia del país.
MIGUEL ANGEL BARRAU
CAPÍTULO I
En la pista del circuito de Nürburgring,
a la una de la madrugada del
martes 19 de agosto de 1969
¡QUIÉN ME HA VISTO Y QUIÉN ME VE!
por CARMELO GALBATO
—¿Qué tal, Juan? Está todo fenómeno. El auto anda bien. Estoy listo...
—Tené cuidado, hermano; en las primeras vueltas andá con prudencia... ¡A ver si te sale alguno indiando...! Tratá de salir de los amontonamientos. Vas a encontrar muchos. Mejor es esperar, dejar que se forme la fila india y después vas a encontrar el puesto más fácil... Yo te voy a ir señalando...
—Gracias Juan— le respondí. Estate tranquilo, que no vamos a hacer pavadas. Y... ¡Gracias, Juan! Gracias por todo.
Era tiempo de subir al auto. Me acomodé en el asiento y ajusté el cinturón de seguridad. Luego probé las luces. Primero las de posición. Regulé la intensidad de las del tablero, con el reóstato. Después, los faros cortos y luego probé el cambio de luces. Las largas con los faros de yo-do. Todo bien. El motor había bajado un poco su temperatura, y la aguja del termómetro marcaba el intermedio entre 70 y 80 grados. Comencé a sentir que los motores se ponían en marcha. Un comisario de pista, esgrimiendo una bandera, me hizo señas. El burro de arranque obede-ció al impulso y el motor se puso en marcha. Lo aceleré, despacio, mirando la aguja que indica la presión de aceite. Cuando marcó 5 Kg. abaniqué un poco el acelerador. ¡Qué lindo suena el Torino!
A mi izquierda, el Nº 2. En el otro extremo de la pista, aunque no lo veía, sentía la presencia del Nº 3.
Del lado de los boxes —a mi derecha— un pequeño, abigarrado grupo, condensaba la esperanza de quienes creyeron. Lo distingo a Berta, con su campera Bosch —amarillo rabioso— y al rojo y el azul de las Fric-Rot, que lucen pilotos y mecánicos. Más arriba, sobre nuestros boxes, hay un improvisado palco. Carpinteros alemanes trabajaron midiendo, serruchando, clavando, ensamblando, para que una cabina de transmisión alojara, durante la totalidad de las 84 horas que durará la carrera, a la representación que APRA designó para transmitir desde Nürburgring.
Los veo agitados, nerviosos, pero ya hechos a las circunstancias y al lugar. ¡Qué diferencia con aquellos 22 hombres que llegaron al filo de la medianoche, cansados, hambrientos, desubicados...! Recuerdo que estaba todo cerrado, y no había posibilidad de hacerlos comer en el hotel. Entonces se me ocurrió llevarlos a una cervecería muy típica donde, a veces, con Lino de las Heras, nos “dábamos” con los chopp y con los recuerdos del viejo TC. ¡Se armó la gorda! No sólo se armó con “la gorda”, que era la dueña, sino también un lío bárbaro. Claro: éramos 24 personas, que caíamos de improviso... Una invasión como no la recordaba la comarca desde que Atila, cuando cayó con los hunos, no dejó ni una brizna de pas-to para los “otros”... ¡Más o menos sucedió lo mismo! La gorda no quería saber nada, pero yo le decía ij libe dij, que seguro no se escribe así, pero suena más o menos así y quiere decir “yo te quiero, gordita” y entonces ella se reía. Yo le hice señas de “hambre” y “tomar cerveza”. Como no tenía nadie que hiciera nada, porque todo en Alemania cierra muy temprano, nosotros mismos fuimos a la cocina y armamos un desparramo bárbaro ¡Quedamos de los más amigos! Y todo el mundo se mataba de risa porque, al despedirnos, yo le decía “Oxidensen” y “gute nag” y qué se yo... y todos me cargaban y decían que la gordita “estaba conmigo”...
¡Relampaguea...! ¡A ver si se viene de lluvia! ¿Cuánto falta...? Apenas un minuto. ¿Largarán en tiempo, aquí, en Alemania? Me parece que sí... ¡Todo el mundo afuera! Bueno, Carmelo, éste es el momento que tanto esperaste... ¡Qué piña me di con el Renault...! Y luego la serie de “idas afuera” con los Torino... ¡Qué suerte bárbara! Y qué trabajo el de los muchachos... Este auto lo han hecho de nuevo... ¡la banana! Lindo nombre le fueron a buscar... Bueno... ¡ahora sí! Primera puesta. Hay que largar tranquilo. ¡Ocho segundos! El motor a tres-lucas-vueltas... ¡Cuatro! La primera curva va a ser un embudo... ¡Dos...! ¡Uno...! ¡Vamos! ¡Quién te ha visto y quién te ve, Carmelo...! ¡Largaste las 84 horas de Nürburgring!...
A estos enloquecidos más vale dejarlos pasar. ¡Allí van los Porsche...! Menos mal que el circuito lo tenemos “remanyado”. Lo recuerdo todo, así que no importa el tráfico. Por afuera o por adentro... ¡Je! Se tiene bien “la ba-nana”... En la recta, ahora, lo siento un poco raro, como si quisiera “retobarse”. Pero... cuando se apoya, dobla bien... Esos se apuran demasiado... total... aunque des más de 9 vueltas, de aquí a las cuatro de la mañana, sólo te computan esas nueve... El asunto es entrar en la décima vuelta, digamos, como a las cuatro y un segundo... A ver...: si hago 9 vueltas en 15 minutos cada uno, son... Diez por nueve, noventa, y cinco por nueve, cuarenta y cinco, más los noventa, da ciento treinta y cinco... Son dos horas y cuarto... Se puede andar bien y despacio. Como para que aquellos que no dominan el circuito se vayan poniendo en onda. Como para los que largaron nervioso, se les pase... Fangio nos dijo girar en 18 minutos, para que nos sobre margen, por cualquier cosa... ¡Esta es la recta trasera y... allí están, arriba, todos los mu-chachos!
Voy... ¡quinto! Esta bien. El gasto comienza más tarde. Al final de la recta, curva a la izquierda —en tercera— y luego tener cuidado con el puentecito... ¡hay un salto feo!
El que hizo este circuito le tenía una bronca a la humanidad...
¿Y los Fórmula 1, cuando andan a fondo, en una carrera “tirada”, de dos horas y media o tres horas...? ¡Por entre los precipicios y los árboles...! Después decimos que noso-tros somos genios... ¿Y los europeos qué son? ¿Verdurita? Aunque, por lo que hemos visto hasta ahora, en categoría Turismo, no le tenemos que tener miedo a nadie. Ni a los autos, ni a los pilotos. Ellos tendrán una escuela bárbara, pero la del TC tampoco es mala... ¡aunque a mi siempre me gustó la pista!
¿Te acordás de la vieja cupé colorada...? Cuando salía en el autódromo, en el viejo circuito 1, era cosa seria. ¡Había que bajarle el tiempo a Carmelo! Y eso que no podía bajar de 1’20” ni empujándola... Y ahora, mi viejo, anduviste en 13 minutos y segundos en Nürburgring... ¿Qué tal...? Es más o menos el tiempo del ganador del año pasado... ¡Eh... Carmelo viejo! ¡Quién te ha visto y quien te ve!
* * * * * *
Les propongo, ir transcribiendo cada uno de los capítulos -uno por día- para revivir la épica de un momento único en el deporte motor argentino.
!Se viene la primera (intro y primer capítulo)!
Espero que lo disfruten tanto como yo.
Pablo.
* * * * * * *
Colección
SUCESOS DEPORTIVOS
*
Editorial SUCESO S.R.L.
La editora del libro periodístico
Alsina 971 – 4º Piso – Buenos Aires
84 Horas en el
deporte motor
MISIÓN ARGENTINA
Por sus actores, tal como fuera relatado a MIGUEL ANGEL BARRAU
Y la especial colaboración de los periodistas:
Roberto Carozzo, Miguel Angel Merlo,
José T. Oneto y Alfredo Parga.
Asistentes Editoriales:
Carlos Agustín y Santiago Hileret.
“Y porque todos somos argentinos, es que toda nuestra fé, todo nuestro entusiasmo, se concentra en los colores de nuestra bandera y en estas palabras: INDUSTRIA ARGEN-TINA, que como única insignia lucen esos coches que llevan a Europa nuestra gran esperanza.”
Juan Manuel Fangio
Instituciones y empresas que
hicieron posible la MISIÓN ARGENTINA:
Secretaría General de la Presidencia de la Nación, Secretaría de Estado de Difusión y Turismo, Aerolíneas Argentinas, Banco Municipal de la Ciudad de Buenos Aires, Bardahl, Bosch, “Cla-rín”, “El Gráfico”, ELMA, Fric-Rot, Hoesch Argentina, Ika Re-nault, Ruedas Argentinas, “La Razón”, Transax, Wobron e YPF.
MISIÓN ARGENTINA
Director de equipo: Juan Manuel Fangio
Asesor de Relaciones Públicas: Tibor Teleki
Coordinador General: Carlos Lobbosco
Jefe Técnico: Oreste Berta
Médico: doctor Lino de las Heras
Pilotos: señores Copello, Cupeiro, Di Palma, Fangio, Franco, Galbato, García Veiga, Rodríguez Canedo, Rodríguez Larreta y Perkins.
Mecánicos: señores Andreu, Batelli, Casarín, Comari, Cordero, Diez, Giacone, Huerta, Macagno, Sainz, San Feliú, Zadaglia y Zurita.
EN LA MISIÓN
DE UNA SOLA BANDERA
Los habíamos visto convivir, unidos, muchas vicisitudes del automovilismo argentino. Sin embargo, nunca habían trabajado —todos juntos— al servicio de una misma transmisión. Las competencias de Turismo Carretera, en las rutas, y más tarde las de Sport Prototipos, en los au-tódromos, vieron sumar nombres, siglas y slogans al conjunto de elementos, personas y circunstancias que hacen una carrera.
Así fue como “Carburando”, “Vértigo”, “Emoción en las Rutas”, “D’Agostino Deportes”, “Motor y Camino”, “Im-pactos Deportivos”, “Automovilismo en Órbita” y todas las organizaciones en las que se desarrollan su labor los periodistas radiales de automovilismo, afiliados a A.P.R.A., fueron y son —en gran medida— importante medio para que el automovilismo argentino alcanzara el nivel de difusión que disfruta.
A.P.R.A. también estuvo presente en la Misión Argentina. Como una familia, con un cometido. Hubo quienes viajaron a Alemania y también quienes debieron permanecer en Buenos Aires. Unos y otros, y el país entero —porque el país entero fue audiencia— estuvieron comunicados mediante una sola onda, Radio El Mundo, y una sigla, A.P.R.A.
Y entonces Alberto Hugo Cando, de “Vértigo”, compartió el micrófono con Isidro González Longhi, de “Carburan-do” y en la común labor y onda se alternaron las voces de José Ayi, de “Motor y Camino”, la de Eduardo Pérez Trigás, de “Emoción en las Rutas”, a las que se sumaron su experiencia y profesión de Luis Elías Sojit y Eduardo Emilio D’Agostino, y su idoneidad para la tarea de Luis López Castagnous, Osvaldo Ochoa y Rolando García. Y los profesionales de Córdoba se sumaron a los de Buenos Aires, y todos recibieron el indiscutido aporte del perio-dismo de Mendoza, Bahía Blanca y San Juan. Y todos, que muchas vicisitudes del automovilismo argentino ha-bían convivido, trabajaron —esta vez juntos— en la misión de una sola bandera.
NÓMINA DE LOS INTEGRANTES DE A.P.R.A. QUE INTERVI-NIERON EN BUENOS AIRES EN LA TRANSMISIÓN RADIAL DE “LA MARATÓN DE LA RUTA”
Carlos Horacio Alfonso – Julián Osvaldo Aguilar – Antonio Ba-rrio – Carlos Héctor Bodratti – Pedro Juan Begue – Julio Cottini – Hugo Néstor Casucho – Néstor Jorge Carbia – Oscar Enrique De Rosa – Roberto Víctor Drab – Alfredo Luis Diéguez – Jorge Drago – Roberto Eguía – Oscar Héctor Frutos – Juan Alberto Fa-va – Roberto Atilio Fossati – Toni Ferrando – Eduardo Jorge González Rouco – Omar Gualberto Gabrieli – Alberto Francia Gagliardi – José Goldszmid – Pedro Heredia – Alberto Oscar Juárez – Eduardo Lenczner – Luis Humberto Leoni – Carlos Al-berto Legnani – José Humberto Longo – Enrique Antonio Moltoni – Armando Héctor Navone – Leo Roy – Alberto Eduardo Romero – Isidro Sojit – José Maria Safra – Julio César Ubiría – Emilio Alberto Vencelblat – Jacinto Zaragozi – Carlos Luis Giri – Máximo J. Kolble.
NÓMINA DE LOS INTEGRANTES DE A.P.R.A. QUE VIAJARON A NÜRBURGRING PARA LA “MARATÓN DE LA RUTA”
José Ayi – Miguel Angel Barrau – Alberto Hugo Cando – Eduar-do Emilio D’Agostino – Rolando García – Isidro González Longhi – Luis Enrique López Castagnous – Osvaldo José Ochoa – Eduardo Pérez Trigás – Jorge Rocher – Luis Elías Sojit – Roberto Oscar Bo – José Antonio Calabrese – Luis Garcia del Soto – Anselmo Nicolás Lamarque – Guillermo Julio Macchione – Norber-to Darío Rinaldi – Carlos Alberto Rodríguez.
A todos.
A quienes ejercitaron la virtud de encontrar, en el proyecto, una simiente.
A quienes supieron regarla con su aliento.
A aquellos que, en un comienzo, sólo se animaron a dialogar en voz baja con la idea, como si toda exteriorización —más allá del susurro— hubiera podido encarnar la personificación de una insolencia.
A quienes supieron asumir la responsabilidad y no intimidó el riesgo.
A los orígenes del apoyo y a las fuentes del esfuerzo.
A cuantos dejaron de lado compromisos e intereses para sumarse, en aporte y prestigio, a la calidez de una esperanza.
M.A.B.
INTRODUCCIÓN
Durante el viaje de regreso fui poca compañía para un ocasional acompañante. Acabábamos de dejar la alegre camaradería que caracterizó el homenaje que, en el Club Y.P.F., se había llevado a cabo en honor de los integrantes de la Misión Argentina, cuando una muy pequeña mariposa, inquieta como pocas, dio en revolotear por las circunvalaciones de mi cerebro. Me arrellané en el asiento del automóvil mientras otorgaba al etéreo, alado animalejo, la oportunidad de transformarse en idea.
Atrás quedó el Tiro Federal Argentino, atrás el monumental River Plate.
Y mojaba mi cabeza la lluvia y las gotas resbalaban sobre los cristales de mis lentes, mientras los ojos se esforzaban por perforar la noche y se aguzaba el oído, pretendiendo extraer del conjunto, el familiar, inconfundible tono de un escape. Miré mi reloj. No porque me preocupara la hora. Fruto de un hábito que se iniciara al lado de mi padre, cuando durante las veladas de gala del Teatro Colón, en las fechas patrias, medía el tiempo en el que los aplausos saludaban al Presidente de la Nación, mi cronógrafo había registrado, en minutos y segundos de exteriorización, el respeto y el cariño que en esa noche y en ese lugar, Juan Manuel Fangio supo le pertenecían.
Y el viento arremolinaba las gotas de lluvia y los charcos parecían cobrar vida al pretender despegar del suelo. Y el aplauso surgió cálido, espontáneo. La piel levantada por las ampollas tomó forma. Y los ojos, asombrados, buscaron el origen del que aún era eco en los muros y calor en las palmas. Y el eco y el calor se prolongaron en frases latinas y sajonas. Y la tonadas cordobesa agradeció, sin haber entendido las palabras, el universal cumplido del aplauso.
Palermo se abre como un oasis, en un bosque de cemento. La recta que transitamos vio a los grandes del volante caer vencidos, en una tarde también de lluvia, cuando el nombre de Oscar Alfredo Gálvez llegó a los titulares de las grandes rotativas del mundo. Y también llovía en Silverstone, como llovió en Le Mans, cuando José Froilán González vio los brazos del deporte ceñirse a su cuello con forma y color de laurel.
Pero todos los esfuerzos son vanos, y el auto sigue inmóvil. Un montículo de tierra lo mantiene calzado. Sorpresa, trabajo, nervio, impotencia. El auto, que está intacto, no se desplaza. En el reloj de Jorge Cupeiro avanzan escuadrones de sesenta segundos que galopan y galopan, hasta formar regimientos de fatales minutos. Y entonces, del brazo con su amargura, inicia un camino que es ahora distinto. Más largo. Muy largo. Rumbo a los boxes. A casa.
Me estiro en la poltrona preferida y enciendo el infaltable cigarrillo. La mariposa ha cumplido su metamorfosis. Ya es una idea. Cuando la domino y encasillo, me doy cuenta que es una idea vieja, sobre una cosa nueva.
Porque este libro vivía latente, en un pliegue de mi conciencia.
Y la palabra justa, medida, cayó sobre nosotros como el milagro de un regreso a la verdad. Y sentimos que la desazón se volvía contento. Y lograron sonreir uno y otro auto, mientras el tercero volvía a dibujar la perdida sonrisa en todos los rostros. Y Jorge, Gastón y Canedo, y Luis, Carmelo y Cacho siguieron conduciendo, al lado de Eduardo, Larry y Franco, el Torino Nº 3.
Sí. Este libro vivía latente en un pliegue de mi conciencia donde también han hallado, contra pesimismos y derrotistas, albergue y refugio dos palabras hermanas, jóvenes, capaces de mantener su frescura a lo largo del tiempo: fue así que la esperanza del regreso de nuestro automovilismo a las lides internacionales convivió, en ese pliegue, con la ilusión de llegar a ser testigo del futuro.
El camino se enrula en el capricho de la topografía. Las curvas y contracurvas e suceden como si entre la naturaleza e ingenio hubieran descubierto, en décadas pasadas, como incorporar el ritmo de los Beatles al anillo rutero que encierra al castillo de Nur. Palo y palo. Cuatro-dos a cuatro-cuatro. Trepada y descenso. Doblaba con la puerta. ¡Yo no dije eso a Gastón! A ver... Traigan un auto que termino con la farsa del circuito alemán. Curva y contracurva. Cuiden los frenos, usen poco la caja. La carrera es larga. Nos miran y se ríen. ¡Ni siquiera creen que podamos competir! ¿A qué van a Alemania? ¿A pasar papelones? Lluvia y niebla. Nosotros hemos venido a aprender. ¿Vos creés que podremos ganar? Curva y contracurva. Trepada y descenso. Lluvia y niebla.
Y la incomprensión fue piedra y el conformismo, bache y el interés creado, valla. Fuimos exquisitos. Y extranjerizantes. La medianoche ya es tres cigarrillos más vieja. ¿Dónde está mi máquina de escribir? La inteligencia nunca fue objeto de control en las aduanas de frontera, ni han pagado derecho de importación el ingenio o el talento. ¿Qué persigo? No es posible que sólo miren. Quiero que vean. Tenemos calidad. Humana. Industrial. Vivamos despiertos, en la realidad. Así, desherrojados de las cadenas que les imponían volar; así, desatados del complejo que los inclinaba a mirar al extranjero como si éste fuera estatua y nosotros escalones, así, quizá coincidan entonces conmigo en que este libro también vivía, latente, en un pliegue de la conciencia del país.
MIGUEL ANGEL BARRAU
CAPÍTULO I
En la pista del circuito de Nürburgring,
a la una de la madrugada del
martes 19 de agosto de 1969
¡QUIÉN ME HA VISTO Y QUIÉN ME VE!
por CARMELO GALBATO
—¿Qué tal, Juan? Está todo fenómeno. El auto anda bien. Estoy listo...
—Tené cuidado, hermano; en las primeras vueltas andá con prudencia... ¡A ver si te sale alguno indiando...! Tratá de salir de los amontonamientos. Vas a encontrar muchos. Mejor es esperar, dejar que se forme la fila india y después vas a encontrar el puesto más fácil... Yo te voy a ir señalando...
—Gracias Juan— le respondí. Estate tranquilo, que no vamos a hacer pavadas. Y... ¡Gracias, Juan! Gracias por todo.
Era tiempo de subir al auto. Me acomodé en el asiento y ajusté el cinturón de seguridad. Luego probé las luces. Primero las de posición. Regulé la intensidad de las del tablero, con el reóstato. Después, los faros cortos y luego probé el cambio de luces. Las largas con los faros de yo-do. Todo bien. El motor había bajado un poco su temperatura, y la aguja del termómetro marcaba el intermedio entre 70 y 80 grados. Comencé a sentir que los motores se ponían en marcha. Un comisario de pista, esgrimiendo una bandera, me hizo señas. El burro de arranque obede-ció al impulso y el motor se puso en marcha. Lo aceleré, despacio, mirando la aguja que indica la presión de aceite. Cuando marcó 5 Kg. abaniqué un poco el acelerador. ¡Qué lindo suena el Torino!
A mi izquierda, el Nº 2. En el otro extremo de la pista, aunque no lo veía, sentía la presencia del Nº 3.
Del lado de los boxes —a mi derecha— un pequeño, abigarrado grupo, condensaba la esperanza de quienes creyeron. Lo distingo a Berta, con su campera Bosch —amarillo rabioso— y al rojo y el azul de las Fric-Rot, que lucen pilotos y mecánicos. Más arriba, sobre nuestros boxes, hay un improvisado palco. Carpinteros alemanes trabajaron midiendo, serruchando, clavando, ensamblando, para que una cabina de transmisión alojara, durante la totalidad de las 84 horas que durará la carrera, a la representación que APRA designó para transmitir desde Nürburgring.
Los veo agitados, nerviosos, pero ya hechos a las circunstancias y al lugar. ¡Qué diferencia con aquellos 22 hombres que llegaron al filo de la medianoche, cansados, hambrientos, desubicados...! Recuerdo que estaba todo cerrado, y no había posibilidad de hacerlos comer en el hotel. Entonces se me ocurrió llevarlos a una cervecería muy típica donde, a veces, con Lino de las Heras, nos “dábamos” con los chopp y con los recuerdos del viejo TC. ¡Se armó la gorda! No sólo se armó con “la gorda”, que era la dueña, sino también un lío bárbaro. Claro: éramos 24 personas, que caíamos de improviso... Una invasión como no la recordaba la comarca desde que Atila, cuando cayó con los hunos, no dejó ni una brizna de pas-to para los “otros”... ¡Más o menos sucedió lo mismo! La gorda no quería saber nada, pero yo le decía ij libe dij, que seguro no se escribe así, pero suena más o menos así y quiere decir “yo te quiero, gordita” y entonces ella se reía. Yo le hice señas de “hambre” y “tomar cerveza”. Como no tenía nadie que hiciera nada, porque todo en Alemania cierra muy temprano, nosotros mismos fuimos a la cocina y armamos un desparramo bárbaro ¡Quedamos de los más amigos! Y todo el mundo se mataba de risa porque, al despedirnos, yo le decía “Oxidensen” y “gute nag” y qué se yo... y todos me cargaban y decían que la gordita “estaba conmigo”...
¡Relampaguea...! ¡A ver si se viene de lluvia! ¿Cuánto falta...? Apenas un minuto. ¿Largarán en tiempo, aquí, en Alemania? Me parece que sí... ¡Todo el mundo afuera! Bueno, Carmelo, éste es el momento que tanto esperaste... ¡Qué piña me di con el Renault...! Y luego la serie de “idas afuera” con los Torino... ¡Qué suerte bárbara! Y qué trabajo el de los muchachos... Este auto lo han hecho de nuevo... ¡la banana! Lindo nombre le fueron a buscar... Bueno... ¡ahora sí! Primera puesta. Hay que largar tranquilo. ¡Ocho segundos! El motor a tres-lucas-vueltas... ¡Cuatro! La primera curva va a ser un embudo... ¡Dos...! ¡Uno...! ¡Vamos! ¡Quién te ha visto y quién te ve, Carmelo...! ¡Largaste las 84 horas de Nürburgring!...
A estos enloquecidos más vale dejarlos pasar. ¡Allí van los Porsche...! Menos mal que el circuito lo tenemos “remanyado”. Lo recuerdo todo, así que no importa el tráfico. Por afuera o por adentro... ¡Je! Se tiene bien “la ba-nana”... En la recta, ahora, lo siento un poco raro, como si quisiera “retobarse”. Pero... cuando se apoya, dobla bien... Esos se apuran demasiado... total... aunque des más de 9 vueltas, de aquí a las cuatro de la mañana, sólo te computan esas nueve... El asunto es entrar en la décima vuelta, digamos, como a las cuatro y un segundo... A ver...: si hago 9 vueltas en 15 minutos cada uno, son... Diez por nueve, noventa, y cinco por nueve, cuarenta y cinco, más los noventa, da ciento treinta y cinco... Son dos horas y cuarto... Se puede andar bien y despacio. Como para que aquellos que no dominan el circuito se vayan poniendo en onda. Como para los que largaron nervioso, se les pase... Fangio nos dijo girar en 18 minutos, para que nos sobre margen, por cualquier cosa... ¡Esta es la recta trasera y... allí están, arriba, todos los mu-chachos!
Voy... ¡quinto! Esta bien. El gasto comienza más tarde. Al final de la recta, curva a la izquierda —en tercera— y luego tener cuidado con el puentecito... ¡hay un salto feo!
El que hizo este circuito le tenía una bronca a la humanidad...
¿Y los Fórmula 1, cuando andan a fondo, en una carrera “tirada”, de dos horas y media o tres horas...? ¡Por entre los precipicios y los árboles...! Después decimos que noso-tros somos genios... ¿Y los europeos qué son? ¿Verdurita? Aunque, por lo que hemos visto hasta ahora, en categoría Turismo, no le tenemos que tener miedo a nadie. Ni a los autos, ni a los pilotos. Ellos tendrán una escuela bárbara, pero la del TC tampoco es mala... ¡aunque a mi siempre me gustó la pista!
¿Te acordás de la vieja cupé colorada...? Cuando salía en el autódromo, en el viejo circuito 1, era cosa seria. ¡Había que bajarle el tiempo a Carmelo! Y eso que no podía bajar de 1’20” ni empujándola... Y ahora, mi viejo, anduviste en 13 minutos y segundos en Nürburgring... ¿Qué tal...? Es más o menos el tiempo del ganador del año pasado... ¡Eh... Carmelo viejo! ¡Quién te ha visto y quien te ve!
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